martes, 21 de diciembre de 2010

In memoriam William Niño Araque


Foto tomada en el helicóptero pasando por el sur de Caracas.

Sábado 18 de diciembre de 2010

Hace unos pocos minutos leo en la prensa que murió Wiliam Niño y perplejo reviso la noticia tres veces para ver si es cierto, no vaya a ser un error de internet.

Claro, es cierto, soy yo quién no lo quiere creer.

Todo el mundo tiene una historia con William, buenas casi todas sin dudas, porque no escuché jamás de boca de nadie algo negativo de él. Obvio, algo habría, pero qué importa.

Hace 7 años lo conocí por recomendación de Boris Izaguirre, con el que iba a hacer un reportaje para El Pais semanal de España sobre la ciudad de Caracas. Y la primera persona que surgió de sus labios fue: “William Niño es la persona que será tu perfecto guía.”

Y me vine a Caracas a hacer un reportaje fascinante de una ciudad fabulosa y muy cabrona. En todo ese tiempo fotografié a gente espectacular que se convirtieron en amigos y que todavía (creo) lo son en la actualidad: Nelson Garrido, Titina Penzini, Isaac Chocrón, Fran Beaufrand, Caresse Langberg, Belén Lobo y Rodolfo Izaguirre, Román Chalbaud, Diego Rísquez, y otras anónimas personas que viven en algunos barrios de la ciudad no menos interesantes desde luego.

Y a William claro, él fue mi brújula en esta ciudad absurda y preciosa.

Vino a buscarme un sábado muy temprano en su auto gris sin pretensiones. "Iremos primero a Petare”. Yo pensé, bueno, lo veremos a lo lejos y fotografiaré los ranchos y tal. No, William metió su carro por la principal avenida del mayor barrio de “ranchos” de latinoamérica sin temor alguno, nunca me dijo nada sobre la inseguridad y yo que pensaba “ mis cámaras, tan lindas, me tendré que despedir de ellas en cualquier momento cuando se aparezca el primer malandro para robármelas”

Si, estaba predispuesto, ¿cómo no estarlo?. Mientras pasábamos por esa avenida ( que yo naturalmente no tenía idea que existía una calle ancha en ese barrio) veía en los ojos de la gente curiosidad por esas dos extrañas personas que se adentraban en su territorio: William, blanco, alto, rubio y delgado, yo, pelo largo, pulseras, zapatos de marca, raro, muy raro.
Y se paraba, hablaba con los muchachotes morenos enchancletados que salían de cualquier lado, con las mujeres embarazadas, saludaba al señor de la bodega, se sabía protegido por el halo de ser uno más de esa ciudad, y me decía “ yo soy de aquí, yo puedo pasar por aquí, ¿quién me lo impide? Yo mismo ¿no?”

Me fui tranquilizando y adaptándome a su energía. Me dediqué a disfrutar todo lo que veía. Claro, lo que me apetecía era tomar fotos de todo, absolutamente todo, pero en eso si me cuidó “ aquí no, espera, aquí si, me paro, un momento” Me contó para mi asombro que esa pequeña avenida fue hecha en tiempos muy lejanos ( la verdad no recuerdo cuán lejano). Paramos un buen rato en la plaza principal del barrio, de asfalto adoquinado y casas coloniales. "Y ¿esto está aquí?, ¿en medio de todo este rancherío?” Estaba impresionado. Tomé fotos de la ciudad vista por un habitante del barrio, y lo primero que me vino a la mente fue “ una vista fascinante, son privilegiados por semejante panorámica, y eso que en otras partes de la ciudad pagan millones por tenerla, aquí solo son pobres y luchan por vivir, se lo merecen igual”

Ok, salimos de Petare incólumes rumbo a la cota mil para ir al 23 de enero. ¡Madre mía que intenso¡ Y me acostumbré a no tener miedo, porque si William no lo tenía ¿por qué yo? Comimos unas empanadas riquísimas en un tarantín frente a uno de los bloques inmensos hechos por Villanueva. William hablaba con propiedad y con admiración de esas obras tan maravillosas. Recordamos a Le Corbusier y cómo también se le había ocurrido el plan Voisin para la reestructuración de Paris y que jamás se llevó a cabo. “Caracas pudo ser algo, y luego se la comió la corrupción petrolera” Todo el mundo sabe que los bloques del 23 de enero son una obra preciosa, pero el barrio no. Fuimos al mercado, compré unas sales para la mala suerte que me encasquetó la dependienta de una tienda esotérica y no me las eché nunca. he tenido buena suerte desde entonces.
Fuimos ese día a almorzar a Gourmet Market. Un ambiente tan diferente a donde habíamos estado, pero todo el mundo en Caracas es caraqueño. No se podía otra cosa de William que aprender. Sobre todo a querer a una ciudad.

Quedamos para otro día que fue el mejor de todos: un viaje en helicóptero por la ciudad. Nunca había montado en uno, y al ver esa cajita de fósforos con hélices, me enconmendé a todos los santos en los que no creo. Iba con nosotros el fotógrafo Niccola Rocco con el que William estaba creando un proyecto de ciudades cenitales, del cual hay ahora hay tres libros editados, Caracas, Valencia y Maracaibo.
Salimos de La Carlota y preparado con mi cámara analógica ( prefiero guardar la esencia del negativo en muchas ocasiones) allí nos subimos a la cima de la ciudad. William daba las señas al piloto de por dónde debíamos meternos para que Niccola fotografiara lo que le interesaba ese día. Fuimos de este a oeste, pasando por Baruta, Chacao, el centro “no fotografíes el Helicoide, está prohibido” William, igual lo hice, ¡cómo me dices que no lo haga¡ Vimos la Villa Planchart, estuvimos encima de las torres Simón Bolívar, de las torres del Silencio. El piloto hacía maniobras de montaña rusa y a mi me gustaba, a William no, “me asustan las turbulencias, esta vaina se cae con un vientico de nada” Fueron casi dos horas de recorrido. Ya al final me había gastado más de una docena de rollos fotográficos y no daba para más. Regresamos a La Carlota y William repite “ no fotografies nada ahí, está prohibido”

¡Pero William!

Bajé con un shot de adrenalina gigantesco, agradecido de la suerte de poder ver esta ciudad desde las alturas, como una maqueta en proyección. Surrealista. Yo no soy caraqueño y envidié sanamente el amor de William por Caracas. Dedicó su vida a una ciudad que no era suya, que para nada sintió como suya nunca. Él fue el verdadero habitante de la ciudad, puro, sin fisuras. Una buena persona y un oyente de proyectos ( incluso imposibles) muy paciente. La última vez que lo ví, estaba con T. y fue un rato agradable, le conté un proyecto que tengo en mente; rápidamente dijo " me encanta, vamos a hacerlo".

Conozco a otras personas que adoran la ciudad, y las admiro. Gente así no se tiene que morir antes de tiempo.

Mi pensamiento más recurrente cuando veo lo grandiosa que es Caracas, con la montaña del Ávila protegiéndonos a todos: ¿cómo es posible que en esta ciudad pasen cosas malas?”

3 comentarios:

Martín dijo...

Para linda, esta historia.
Linkeado en http://luiscobelo.blogspot.com/
¡Abrazo!

Anónimo dijo...

lo que yo queria, gracias

Carolina dijo...

Gracias sentí a Willian por un ratico